¡Erotismo no es pornografía!

El debate sobre cómo sería la manera conveniente de acercar a jóvenes y niños al tema de la sexualidad ha sido bastante debatido y establecido desde hace un tiempo largo. Sin embargo, y aún estudios de diversas orientaciones, no hay certezas ni claridades absolutas. Cada padre, educador, gobernante, funcionario, decide actuaciones y posiciones a partir de situaciones personales, culturales, políticas, más o menos objetivas.

 

Las preguntas insisten en contextos públicos y privados. Los avances tecnológicos han cambiado las interacciones, los modos de encuentro, incluso la configuración de identidades y “géneros”. Ante la ausencia de límites y orientaciones claras, la toma de decisión sobre cómo ejercer una sexualidad responsable, se desvirtúa. 

 

Los escenarios de violencia y abuso se han incrementado, por lo que es un tema que nos concierne a todos. 

 

Es urgente un serio tratamiento y determinaciones firmes e informadas.

 

En este camino nos ha interesado apoyar y asesorar. Para ello es fundamental comenzar a entender términos. Por ejemplo, es diferente el erotismo a la pornografía. Aunque parezca lógico, se suelen mezclar, de ahí la confusión de muchos.

 

Veamos:

 

Erotismo: la sexualidad se presenta en actos basados en el Deseo Vital, entrega amorosa, emotiva y significativa, siendo el acto de con-fluir una parte de una escena con guión, con historia y sentido. Hay diálogos, puntos de encuentro y desencuentro, entendimiento y a veces malentendidos, lo cual hace parte de la comunicación entre seres humanos, dada la pulsión de la energía sexual y los juegos propios del lenguaje.

El acto sexual aparece más,  mejor-dicho, como acto de poesía en el sentido claro y radical de «hacer el amor».

 

Pornografía: se centra en escenas sexuales, demostración de actos sin significado, historia, conexión o relato que los sostenga ni fundamente. El motivo es la pura exposición del coito, en diferentes poses, modos, modas, per _ versiones… pura «carne», choque, lo «crudo» y sin estilo alguno.

Tampoco existe una relación entre los protagonistas; se destaca el fingimiento, la actuación de un disfrute que en el fondo no existe, es lábil, superficial, postizo.

 

Resulta molesta y preocupante la manera en que se llega a exponer y usar el cuerpo y sus partes. Delgados o gruesos, contorneados, a veces muy grandes, llenos de músculos, con implantes, prótesis, atrofiados por medicamentos, sustancias “nutritivas”, “orgánicas”, “limpias”. En fin, el surtido es variados y casi infinito. Allí, nada de erotismo. Tampoco se trata de instinto, porque éste es propio del animal, sus ciclos y conductas correspondientes.

 

Adicionalmente, y asociado a los dos términos arriba diferenciados, un piropo es diferente a una grosería, la cual aparece como expresión plana, pobre, agresiva. 

 

Un piropo adopta esa estrategia hermosa que el lenguaje aporta con palabras a nuestra manera de decir de un cuerpo, que es metáfora por medio de la cual se toca, acaricia, alude a una belleza, hermosura que se delinea y resalta sin caer en lo burdo o violento de un abuso.

 

La pornografía, los programas tipo reality y shows de casos «de la vida real», la publicidad, están más del lado opuesto al erotismo. Hay un uso en que se impone la imagen del cuerpo expuesto, por encima de todo, valorado como objeto de mercado, para vitrinas, y presto a intervenciones mecánicas crudas y sin velo amoroso, estético, espiritual.

 

El ser humano, diferente a otros seres vivos, puede anteponer y hacer con el vacío, con el sin sentido, la nada: dibujar paisajes, escenas, proyectos, tejidos con hilos de colores, remiendos y costuras que son redes, apoyos, velos para bailes y movimientos, composiciones para leer, escuchar, sentir. 

Cultivar el mundo espiritual, nutrir los lazos que nos mantienen intercomunicados con otros seres, comunidades, espacios, lugares, experiencias, merece hacer parte esencial de lo cotidiano siempre que queramos mundos más tranquilos, felices, prósperos y en sanidad. 

Eso es y puede ser la vida presente y el futuro, sobre una historia que a su vez es relato en constante composición.

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