La importancia de la alianza entre padres y maestros en la educación

La sociedad digital necesita padres y maestros que sepan responder a los niños y  jóvenes desde su lugar, aceptando no saberlo todo. Ello permite pasar con confianza suficiente funciones de formación, delegando de la familia a la escuela a los menores que, así, podrán valerse bien de recursos en su vida.

En medio de incertidumbres y desencuentros es fundamental erigir espacios para volvernos a encontrar…

Dentro de la educación existe ahora una preocupante tendencia que implica una división entre la autoridad y la enseñanza.  Maestros y padres de familia han dejado de representar límites y figuras en las que el adolescente o niño cree y valida. 

Siendo ahora las clases virtuales o presencial cabe anotar que todo saber se transmite siempre parcialmente aunque existan objetivos claros de metodología y contenidos, implícitos o explícitos. Esto porque cada frase y tema puede efectivamente dictarse por parte del docente, sin que se logre tener control sobre el significado y lo que efectivamente haya sido entendido, captado y alojado en la mente de cada alumno. Así, el malentendido en la humanidad no desaparece nunca, es estructural. 

El estudiante es un ser que al igual que el adulto tiene historia y raíces, condiciones que establecen coordenadas, gustos y estilos para su disposición y desarrollo, haciendo posibles nuevas adquisiciones, ganancias y preguntas. 

El principal problema de las generaciones actuales es que los padres ya no están para revelarse o manifestarse contra ellos, permaneciendo en un lugar de “compinches”, compañeros, que desdibujan la antigua y añorada posición y distancia con la que antes hacían válida su autoridad, disciplina, transmisión de valores e ideales. 

De esta manera, niños y adolescentes confunden roles, sin encontrar con facilidad referentes válidos con los cuales orientarse e identificarse.¿Implica esto una crisis absoluta de la educación?

Se supone culturalmente que padres y maestros han de despertar y transmitir el deseo y amor por el saber y la pasión por el conocimiento, con contundencia y claridad, extendiendo una invitación que amablemente reviva siempre ese deseo ya existente en germen en el alumno

Es entonces fundamental reanudar los pactos para que padres y docentes trabajen juntos,  en colaboración con niños y jóvenes.  Esta coordinación, sincronización, ha de separarse de cualquier alianza negativa que pueda incidir contra la creencia en los maestros como legítimos en su función.

Al confiar la educación escolar y  universitaria al docente, el padre ha de transmitir una suposición válida sobre el saber-supuesto-al-maestro, tutor,  formador.

La posta de la enseñanza se pasa entonces desde el inicio de padre a docente, delegando y confiando, cediendo la tarea con tranquilidad y alegría, sabiendo incluso que pueden ocuparse de otras labores, proyectos y sueños en sus propias vidas con suficiente libertad y concentración. 

El efecto se ve en niños que aceptan sin angustia entrar a la escuela, dejar la casa y soltarse de la mano de los padres, asumiendo su lugar más allá de su estatuto de hijos, cediendo a un rol de discípulos y aprendices, llenos de motivación para asimilar nuevas experiencias y contenidos. 

Por ello, el respeto por intervenciones en el hogar y en la escuela por parte de padres y maestros, cada uno en su escenario, es fundamental. 

Lo contrario, esto es, interrogar la autoridad de toda intervención docente desacredita y pone en vilo el convenio, abre una brecha y hace desfallecer funciones que invitan al menor a quebrantar límites y normas. 

Contradecir la función educativa del colegio o universidad no hace más que dar excesiva libertad a los hijos, sin asumir responsabilidad suficiente sobre sus actos. 

La institución familiar es tan válida como la escuela, partes fundamentales de la cultura,  tanto como el campo legal, religioso,  gubernamental.

En la escuela, todo joven aprende a hacer en la realidad, construyendo caminos de vida, con otros.

Maestros,  padres y alumnos han de ser entonces claros en sus roles, expresados en deseos por enseñar y aprender. Hacer equipo, colaborar, actualizar alianzas y pactos son clave.

La constancia, regularidad, el pensamiento y el tiempo son necesarios en todo proceso de aprendizaje que incluya contenidos con sentido y no por pura memoria automatizada. Ello, vale anotar, no es posible mediante redes sociales o usando Google como “docente”. 

También es bueno rescatar tiempos de descanso y ocio, de juegos estructurados y libres, en la escuela y fuera de ella. Velar por actividades siempre productivas y orientadas al éxito es contraproducente. Sería como concebir la vida para la pura lógica de mercados, mecanizada, olvidando valores, dones y éticas subjetivas. 

Las palabras y conversaciones son fundamentales, tanto como la creatividad y un lazo social de cercanía, conservando lógicas de interacciones verticales más que horizontales para evitar confundir amigos con padres y docentes. 

Esto dejaría  huella suficiente y válida en aquel que desea escuchar, opinar y aprender con un docente que expresa ganas profundas y demostradas de enseñar. 

No existen buenos o malos padres, docentes, maestros, alumnos. La experiencia y los encuentros positivos edifican subjetividades con las que se logra aceptar puntos ciegos y aquellas capacidades para aprovechar todo aquello con lo que se cuenta. 

Cada ser humano tiene rasgos y características para pulir, fortalecer, crear, lo cual abre puertas siempre esperanzadoras orientadas al cambio y desarrollo en el contexto de lazos sociales que se movilicen dentro de marcos éticos. 

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